LOS TIEMPO QUE VIVIMOS
El siglo XX ha quedado teñido de rojo por las atrocidades de gobiernos orates, en el siglo XXI, aún persisten. Desde el poder político se incitan y espolea acciones salvajes que tienen como destinatario al pueblo.
En la búsqueda de cumplir con sus planes este poder emplea la mentira como modo de comunicarse, para defender sus propias conductas y atacar al contrario. Ocultan la verdad o solo dicen parte de ella, pierde así su valor sustantivo, adquiriendo otro de tipo formal que, a la larga, se infravalora o rechaza.
En la búsqueda de cumplir con sus fines el poder político hace uso del miedo; si no es votado, elegido o si no se acepta lo que se dice las consecuencias serán fatales. El lenguaje del poder intenta crear una verdad propia, separada de la realidad para lograr la subornización de la ciudadanía. Las ideas que lanzan a menudo adoptan la forma de un relato o una narración simple que emociona, convence e ilusiona a los electores. Con una breve historia explican todo y contiene la solución de los problemas que se viven en esos momentos. Esta narración ficticia puede sustituir la realidad. Los acontecimientos que no se vislumbran sufren una elaboración lingüística que las categoriza y disfraza.
Gabriel García Márquez relata en Cien años de Soledad “cuando los habitantes de Macondo olvidaron el nombre de las cosas, José Arcadio Buendía tomó un hisopo entintado y las marcó con su nombre: mesa, silla, pared, puerta; luego marcó a los animales: vaca, gallina, chivo. Después a la luz de las infinitas posibilidades del olvido vio que no alcanzaban con el nombre de las cosas, sino que había de explicar para que sirven. Entonces, completó cada letrero. Por ejemplo, en el de la vaca puso “Esta es la vaca, hay que ordeñarlas cada mañana para que produzca leche y a la lecha hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero había que fugarse sin remedio cuando olvidarán los valores de la letra escrita”
El relato de Gabriel García Márquez sirve de ejemplo con lo que sucede en la Argentina. Se deben volver a redefinir actores, acontecimientos, mecanismos económicos, conocer su naturaleza para que sirvan, los posibilitan o impidan. De no ser así, seguiremos cayendo en trágicas confusiones, las cosas tendrán definiciones extrañas, hechas a medida de intereses particulares, no sabremos que hacer y viviremos capturados por lo cotidiano al compás de las noticias de los diarios que nos dan muestras del fracaso del Estado.
Mueren por semana en accidentes de tránsito gran cantidad de personas. La inseguridad se ha convertido en una obsesión en todas las clases sociales. La crisis energética, la falta de agua potable y de cloacas, la decadencia de la educación, de la salud, la falta de justicia, limitan los derechos de los ciudadanos y dificultan su desarrollo. Se fomentan decisiones arbitrarias, caprichos personales, ya sea para hostigar a una empresa o a un sector particular, se anuncian proyectos de dimensiones faraónicas, como el gasoducto del sur o el tren bala, marcan la desidia, la improvisación y la corrupción existente, tanto a nivel nacional, provincial y municipal. Frente a esta difícil situación que atraviesa la Nación , la frivolidad de la Presidenta la lleva solo a estar preocupada por sus poses en las fotografías de los diarios o sus visitas a los shoppings que le han valido el mote que le diera la R.A .I (Radio y Televisión Italiana) “Nuestra Señora de los Shoppings” o el de los medios españoles “Reina Cristina”. Impera en ella un autismo total frente a las contingencias que vive el país.
Su gobierno se mueve entre la evasión, silencios y maniobras de distracción. Se publican cifras estadísticas falsas con la comunicación ciudadana, que buscan convencerla. Tienen una apariencia científica irrefutable, aparentan ser sólidas, difíciles de obtener pero en realidad son fáciles de maquillar. Estas cifras son una muestra de la buena o mala gestión. Son una forma tangible de comunicarse con la opinión pública, que pide cifras, tenía fe en ellas, pero conciente de la manipulación que sufren dieron como resultado que las estadísticas oficiales carezcan de credibilidad y sean contrastados con la realidad de organismos independientes.
El gobierno se mueve en el contexto de una dirigencia corrupta e ineficaz y una sociedad que tiende a movilizarse frente a la ineficacia gubernamental, pero que se halla desencantada, de escasísima cultura cívica y en la que existen sectores decididamente frívolos y superficiales. Es preciso recordar que hoy la presidenta gobierna la misma sociedad que votó dos veces a Carlos Menem; a la misma clase media que se hizo famosa en Miami por la frase “déme dos” y a los mismos sectores populares que toleran y hasta aplauden a dirigentes sindicales y políticos notoriamente corruptos.
En nuestro país ha surgido la corrupción generalizada en la vida política, entre empresarios sin escrúpulos y altos cargos, presidida por la mentira y el engaño. Los argentinos perciben a los políticos como seres corruptos. Los cargos públicos, permiten reconocer donde puede haber un buen negocio, conocen bien como funciona la maquinaria de la administración y por consejo de sus asesores saben como se pueden sortear los controles, que se relajan permanentemente. Existen normas contra la corrupción, pero nunca se aplican.
La sociedad argentina convive desde hace décadas con una casta de dirigentes sindicales que ha dejado de representar a los trabajadores para devenir en una suerte de corporación de rasgos mafiosos, que negocian con el poder económico y político, la suerte de sus representados. Se enriquecen y hacen ostentación de ello, en el que no faltan amagues de vehementes indignaciones, forcejeos y hasta chantajes al poder económico y político, pero cuyo resultado histórico viene siendo el empobrecimiento de sus representados.
El gobierno nacional se halla minado desde los bordes, es decir desde las provincias y municipalidades que marcan en muchas oportunidades la manifiesta ineficacia frente a los problemas cotidianos de los ciudadanos como son: el tránsito, la limpieza, la seguridad, los ruidos, la polución, los ñoquis, consecuencia muchos de ellos de la inoperancia y simulación de estas administraciones.
Cuando un gobierno tanto nacional, provincial o municipal, no es capaz de atacar con un mínimo resultado problemas de pura gestión ¿qué otra cosa que el repudio del ciudadano pueden esperar? El caso de los trenes es un ejemplo, con subsidios millonarios, su desvergonzada gestión y su humillante ineficacia han provocado más de un motín grave y cualquier día pueden originar una tragedia. Un hecho similar se ha producido en el Aeropuerto de Ezeiza y en Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires, cuyas consecuencias afectan al importante ingreso de divisas que es el turismo.
Si tanto el gobierno –nacional-provincial-municipal no pueden resolver estos problemas porque se han encontrado con un entramado político-empresarial-sindical-policial de enorme poder ¿se busca acaso solucionarlo negociando con el entramado o creando uno paralelo?
La Argentina debe intentar una transformación, si bien es difícil, por la maraña de intereses implicados durante decenios de decadencia. El Estado sigue siendo el único instrumento de transformación, pero para iniciar el cambio se debe revertir el vaciamiento conceptual de la política. En la actualidad se ha producido una terrible deserción en sus elites, pero aún existen en nuestra sociedad recursos intelectuales que permanecen inexplorados y latentes con suficiente calidad y cantidad para recuperar a la Nación. William Shakespeare puso en boca del rey Enrique “Todo está listo si nuestros corazones también lo están”.
Guillermo C. Vadillo